Como toda niña que se respete, me gustaba crear; lo hacía constantemente, con devoción. Y también descrear, aunque con menos frecuencia.
Entre mis descreaciones, había un ritual extraño, un acto cruel que condenaba a los colores a una muerte lenta y dolorosa, sin que ellos pudieran hacer nada más que retorcerse en medio de la angustia y el silencio. En ese diminuto espacio, yo era dueña de todo el poder, de todo el tiempo, de todo el control.
Tomaba trozos de plastilina de colores varios y los amasaba sin prisa. Observaba emerger las formas y líneas sinuosas que surgían de mis dedos, testigos de la metamorfosis del amarillo al que la asfixia tornaba verde y la vergüenza, anaranjado. La plastilina se volvía un pequeño universo fluido, silencioso y fragante, siempre cambiante. Progresivamente, según avanzaba la fusión, el cosmos retrocedía hacia el caos para desembocar irremediablemente en la nada.
Los colores, mudos, se resistían. Luchaban. Con toda su luz intentaban mantener su frágil singularidad. Pero mis manos, con la paciencia del tiempo a favor, siempre lograban despojarlos de su esencia. Así, el sucio marrón grisáceo, prueba inequívoca de su muerte, iba cubriéndolo todo.
Contemplaba por un breve instante ese pedazo de pura fealdad inerte, esa masa despojada de vida y significado y, sin remordimiento alguno, la arrojaba a la basura. Su indefinición cromática la había vuelto una cosa inútil, sin razón de ser, sin propósito, sin vida.
Los artistas nunca dejan de ser niños, eso dicen…

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