Camaleón en homenaje a Chagall. Imagen creada con la asistencia de Gemini AI.
En ciertos círculos profesionales, sobre todo entre creativos, se repite una misma queja ad nauseam: los encargados de reclutamiento y las empresas pretenden contratar a una sola persona para hacer el trabajo de muchas. Y, naturalmente, pagarle como si solo hiciera una de esas funciones. En este artículo te doy mi opinión (posiblemente impopular) al respecto.
En lo mío, el diseño gráfico profesional, esta situación suele traducirse en innumerables anuncios que solicitan ilustrador, animador, fotógrafo, editor de video, community manager, diseñador web… ¡todo en uno! Si es, además, creador de contenido se considera un plus. ¡Ah! y además se espera que sepa manejar la sierra eléctrica y la soldadora y que cuente con el equipo correspondiente.
La reacción habitual de mis colegas es de indignación: “no se puede ser experto en todo”, “no valoran el diseño”, “nos quieren explotar”. Y tienen razón. Es verdad que hay un abuso estructural en muchas empresas. Y es un hecho también que la dignidad profesional importa.
Pero aquí es donde me separo del discurso dominante: pienso que la falla no es solo de las empresas. También es nuestra si creemos que la única respuesta posible es adaptarnos… o despotricar en nuestras redes sociales. O, peor aún, llorar por los rincones.
Porque el mercado no opera bajo la lógica de lo justo. Funciona bajo la lógica de lo que sobrevive o de lo que florece y prospera. El mercado no es un maestro bondadoso. No premia necesariamente el esfuerzo, la ética ni el mérito, premia lo que considera valioso en un momento determinado y ese valor no siempre coincide con lo que creemos que vale nuestro trabajo.
En la naturaleza, los animales se adaptan al entorno para no extinguirse como especie. Los seres humanos tenemos otra carta, una especie de super power: podemos moldear el entorno a nuestra medida. Quizá no siempre, tal vez no en todo, pero sí mucho más de lo que creemos. Y a los diseñadores freelance, muy especialmente, más nos vale enterarnos cuanto antes de la existencia de este poder. Porque adaptarse ciegamente puede ser peligroso: terminas corriendo detrás de cada tendencia, aprendiendo habilidades que no te interesan, acumulando tareas que diluyen lo que haces bien, y compitiendo en un terreno ajeno donde otros están más que cómodos.
Así que nada de adaptación pasiva. No es divertido convertirnos en camaleones que se mimetizan en cualquier ámbito. Los humanos realmente preferimos definir nuestros propios espacios, arreglarlos de modo que los demás quieran entrar en ellos y entonces darles la bienvenida.
¿Cómo? ¿Acumulando habilidades de moda para cumplir con descripciones de puesto cada vez más abultadas? ¡Claro que no! Tampoco siguiendo la moda de “reinventarse” cada año como si eso fuera un mérito. En mi caso, las claves han sido la percepción y la comunicación estratégica.
Percepción para leer entre líneas cuando un cliente habla o escribe. Para detectar aquello que más le importa. Para descubrir lo que realmente necesita aunque su brief diga otra cosa. Para entender la urgencia detrás de su calma aparente, el miedo detrás de su indecisión y la atracción o el rechazo que le genera la innovación. Comunicación estratégica para devolverle esa comprensión en forma de soluciones claras, tangibles y alineadas con sus objetivos reales. Y hacerlo de modo que sepa que ha sido entendido, incluso cuando no pudo explicar claramente lo que quería.
Esta clase de percepción y comunicación son habilidades que no caben en un currículum ni en la lista del software que manejas. Son tan invisibles para los algoritmos de selección, como imposibles de reemplazar. Y cuando tu cliente las experimenta, no vuelve atrás.
El riesgo de vivir en modo reactivo —aceptando cualquier rol que nos quieran endosar— es que terminas siendo un recurso barato. Al poner en práctica tus destrezas de percepción y comunicación pasas a ser un recurso único y, por tanto, imprescindible.
Porque al final del día, en un mercado del diseño profesional saturado de manos ágiles en el teclado, lo que más escasea es una cabeza que comprenda y un lenguaje que conecte. Y eso, créeme, es mucho más rentable que saber soldar.
Puedes transformar tus ideas en un diseño que realmente funcione. Cuéntame de tu proyecto y lo llevamos al siguiente nivel.

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