Los tipos

Desde que aprendí, nunca dejé de leer. Siempre me gustó. Mis padres no podían seguirme el paso, para ello habrían tenido que comprar 3 o 4 libros a la semana y no hay bolsillo que aguante tal ritmo. Por lo que desde muy joven, quizá 7 u 8 años, recurría a diferentes bibliotecas. La mejor de todas era la de mis padres, en casa.

Mi madre, una mezcla muy especial de arquitecta, historiadora de arte y bibliotecaria, tenía una nutrida colección de libros y revistas de arte.

Entre todos, mis favoritos eran dos: el primero era una revista llamada ArteRama (muchos años más tarde me enteré que no era técnicamente una "revista", sino un fascículo de una colección enciclopédica) que contenía, entre cientos de otras, las obras principales de Durero, imágenes absolutamente fascinantes para mí. El segundo era el "Libro Rojo de las Letras", como yo le llamaba al The Book of American Types, edición de 1941.

Entre todos, mis favoritos eran dos: el primero era una revista llamada ArteRama (muchos años más tarde me enteré que no era técnicamente una "revista", sino un fascículo de una colección enciclopédica) que contenía, entre cientos de otras, las obras principales de Durero, imágenes absolutamente fascinantes para mí. El segundo era el "Libro Rojo de las Letras", como yo le llamaba al The Book of American Types, edición de 1941.

Me pasaba horas de horas sentada en el piso admirando los tipos de letras. Lo volvía a abrir y a repasar sus páginas satinadas al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Nunca me cansaba. Me parecía (y me sigue pareciendo) maravillosa –sobre todo por innecesaria– la inmensa variedad de letras que existía ya en un tiempo en que ni soñábamos con la "explosión tipográfica" que habría de traer la era digital, fruto del "capricho" de un joven llamado Steve Jobs.

Cuando aprendí a dibujar, más o menos la mitad de lo que hacía era "tipografía intuitiva". Creaba tipos, incansablemente; los coloreaba, los decoraba y los hacía encajar unos con otros, cambiaba sus proporciones hasta el límite de lo ilegible. Inventaba tantos alfabetos que no alcanzaba a dibujarlos todos, la mayor parte se quedaban en visiones transparentes y cambiantes.

Los tipos ejercen una fascinación especial sobre cierta clase de gente. En cuanto a esto al menos, no soy un bicho raro, estoy segura. He visto que millones comparten lo que puede llegar a ser una obsesión: la tipografía. Desde los iluminadores de la Edad Media hasta los modernos estudios y type foundaries digitales. Mover, adaptar, componer, combinar e incluso diseñar estos diminutos símbolos resulta sumamente apasionante e incluso adictivo. Es todo un mundo, altamente especializado, con su faceta técnica y su faceta estética que cuando se combinan armoniosamente producen en el alma esa clase de admiración y felicidad que sólo la belleza es capaz de infundir.

Una de las tantas aplicaciones prácticas de lo anterior, aparentemente anacrónica, es la impresión en relieve con tipos móviles; una actividad que inició en Occidente Herr Gutenberg a mediados del siglo XV y todavía persiste, como botón de muestra de la pasión que los tipos son capaces de despertar.


La tipografía es un elemento clave en el diseño gráfico y la comunicación. Como el color o las imágenes su uso adecuado puede contribuir a una transmisión impecable de tu mensaje, mientras que un mal uso, la obstaculizará. Y de ahí se desprende la importancia de contratar a un profesional para que se encargue del diseño y la comunicación de tu proyecto.

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