El uso correcto de las mayúsculas puede ser un verdadero dolor de cabeza a la hora de escribir o corregir un texto. Tanto así, que lo considero un tema merecedor de toda una serie de artículos. Este es el primero de la colección.
Las mayúsculas sirven para jerarquizar palabras y nos dan cierta información sobre su significado. Por ejemplo, si vemos la palabra "Azucena" (y no está al comienzo de una oración), sabemos que se trata del nombre de mujer, no de la flor. Si en cambio dice "azucena", sabemos que se refiere a la flor.
Según la Real Academia Española, RAE (¡qué haríamos sin ella!), "el uso distintivo de minúsculas y mayúsculas es una convención estrictamente gráfica, que solo se da en algunos sistemas de escritura y carece de correlato en el plano fónico". Dicho de otro modo, una palabra escrita con mayúscula se pronuncia exactamente igual que una con minúsculas. Pero esto no significa que da lo mismo como se escriba ¡claro que no! Las mayúsculas tienen reglas y usos muy precisos… y a menudo muy distintos de lo que pensamos.
Cada idioma tiene sus propias reglas en cuanto a las mayúsculas. Los niños alemanes, por ejemplo, deben aprender a escribir ¡todos los sustantivos en mayúsculas! Imagínate, sería como escribir: "Fui con mi mejor Amiga a tomar un Café y había unos Pasteles de Chocolate y Crema en la Vitrina de la Cafetería…". Raro, ¿no? Los de habla inglesa no exageran tanto como los alemanes, pero sí son mucho más aficionados a las mayúsculas que lo que deberíamos ser nosotros.
Pero ¿de donde vienen las mayúsculas? Todo comenzó, en cuanto al español, en nuestro alfabeto latino, cuyo primer registro data de 550 a. C, aproximadamente. Provino del etrusco y este, a su vez, de una variante del alfabeto griego. El alfabeto latino era el que usaban en la antigua Roma; allí, las mayúsculas, también llamadas capitales, aparecieron siglos antes que las minúsculas. Hermosas y muy elegantes —de hecho ese era su nombre: capitalis elegans— eran como las de la inscripción que encabeza este artículo* y como la siguiente:

Dedicatoria del SPQR (el Senado del Pueblo Romano), del Arco de Tito en Roma, año 81 d. C. Imagen Vincent Ramos.
Dibujar estas letras, manteniendo sus bellas formas y proporciones, era una tarea tan ardua y lenta que sólo se usaban en manuscritos de lujo o en monumentos muy especiales; los romanos tenían otro tipo de letras (mayúsculas también) para sus escritos de menor categoría.
Luego de una larga evolución, de más de 800 años, cuando el Imperio romano de occidente era ya solo un recuerdo, apareció la llamada minúscula carolina (del Imperio carolingio) que poco a poco fue ganando adeptos hasta llegar a consolidarse, unificando la forma de escribir y propiciando así la reproducción de documentos y el intercambio de la cultura en Europa. La escritura a mano resultaba mucho más fácil y rápida en minúsculas cursivas, como la carolina (redondeada y uniforme), que en las mayúsculas romanas, y esto era fundamental a la hora de producir y copiar libros en los monasterios antes de la invención de la imprenta.
Un ejemplo de las minúsculas carolinas es el fragmento a continuación, de uno de los primeros textos en caracteres latinos, del siglo X d. C.

Fragmento de una página de los Manuscritos Freising. Imagen del dominio público.
Cinco siglos más tarde, alrededor de 1440, Johannes Gutenberg —una especie de Steve Jobs del siglo XV— cambió el mundo por completo con la invención de la imprenta. Por aquella época renacentista, aparecieron los impresores humanistas italianos, quienes odiaban el tipo de letra gótica que Gutenberg (como buen alemán) usaba en sus impresos. Así, en su calidad de tipógrafos y "diseñadores editoriales" de la época, crearon un tipo de letra a partir de la carolina, utilizando las mayúsculas romanas para las letras destacadas. De la armoniosa combinación romana-carolina surgió el modelo tipográfico que utilizamos hasta nuestros días y que estás leyendo.

Fragmento de una página de La Biblia de Gutenberg (gótica). Imagen del dominio público.

Fragmento de una página del libro (humanista italiano) La Giostra di Giuliano de Medici (1495-1500). Libro en exhibición en el MET.
En cuanto al inglés del Viejo y del Nuevo Mundo, y un par de siglos más adelante, las imprentas usaban mayúsculas en los sustantivos, como en la tipografía alemana, cada vez con mayor frecuencia. Un ejemplo de ello son las famosas primeras líneas de la Constitución de EE. UU. de 1787:

Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, para formar una Unión más perfecta, establecer la Justicia, asegurar la Tranquilidad interna, proveer la defensa común, promover el Bienestar general…
Sin embargo, esa fue la época en que comenzaron a proliferar las reglas idiomáticas y los manuales de estilo para el inglés, con lo que esa costumbre fue desapareciendo poco a poco y, en general, su uso fue quedando relegado a títulos y anuncios.
¿Pero por qué estamos hablando del inglés? Porque esta lengua permea cada vez más nuestra cultura y comunicaciones. En nuestra región, el inglés no solo es el idioma de todas las formas de tecnología, sino también de buena parte de la música que escuchamos, del cine y de las series que acostumbramos a ver. Yo pensaba que el espanglish se hablaba solo en Puerto Rico, pero basta escuchar conversaciones de menores de 30 años para notar que la mitad del tiempo piensan y hablan en inglés. Y los no tan jóvenes, al menos leemos en inglés y parte de nuestra educación continua ha sido en ese idioma.
Por todo lo anterior, en mi opinión, el uso excesivo de mayúsculas como error ortográfico extremadamente frecuente tiene dos orígenes. El primero es un intento, errado y muy habitual, de dar importancia a ciertos términos. El segundo se debe a la la importación automática —es decir, sin mayor análisis— de datos, conocimientos y terminología del inglés. Y es en esta importación inevitable que se cuela la abundante capitalización (uso de mayúsculas) y algo de la pomposa grandilocuencia anglo-sajona.
Siempre es recomendable apagar todo automatismo. Y también, al momento de escribir, tener en cuenta en qué idioma lo hacemos. Estos dos pasos previos facilitan enormemente la comunicación.
* Imagen encabezado del artículo: Foto Arnaud Fafournoux. Inscripción descubierta en la iglesia de Saint-Côme en Lyon, probablemente durante el imperio de Marco Aurelio (161-180 DC).

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