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El arte de hacer que el mensaje llegue a buen puerto… en silencio

Hay oficios que nos recuerdan, de modo casi insolente, que hablar y comunicar no son lo mismo. El arte del mimo es uno de ellos. Hoy 22 de septiembre se celebra el Día Internacional del Mimo, una fecha impulsada en homenaje a Marcel Marceau, quien nos dejó en un día como hoy, en 2007.

El mimo no nació ayer, ni con la cara pintada de blanco. Sus raíces están en la Grecia antigua, viajaron a Roma, sobrevivieron en compañías ambulantes de la Europa medieval y reaparecieron con fuerza en la Commedia dell’arte.

En el siglo XIX, Jean-Gaspard Deburau le dio al Pierrot esa melancolía del amor no correspondido en la que todos nos reconocemos porque la vivimos al menos una vez en la vida.

En el XX, Étienne Decroux y Jacques Lecoq, actores y mimos: músico virtuoso el primero, cuyo cuerpo era el instrumento; maestro del movimiento y la imaginación el segundo. Y entonces, entre las décadas de 1950 y 1970, Marcel Marceau, con su Bip de suéter a rayas y flor en el sombrero, volvió universal lo que parecía hasta entonces ser un secreto.

Mimo griego, Jean-Gaspard Deburau (Pierrot), Étienne Decroux, Jacques Lecoq y Marcel Marceau (Bip)

Historia que no llega ni a pincelada. Porque más que el archivo me interesa lo que podemos aprender de este oficio quienes diseñamos y comunicamos.

El arte del mimo es la quintaesencia de la comunicación.

El mimo es mudo por definición, por disciplina y obligación. Sobre el escenario, carece de plan B: no puede tapar un gesto mal hecho con una frase brillante, ni disimular una idea confusa con una consigna bien escrita.

Si el cuerpo no lo transmite, no hay mensaje. Y, aun así (o precisamente por eso) comunica en un nivel casi sublime… de estética.

Una pared invisible. Una flor que se ofrece con una sonrisa de oreja a oreja. Una jaula hecha de aire y, de pronto, nos oprime el pecho. Como público, no “entendemos” en el sentido burocrático del término. Reconocemos. Sentimos. Completamos. La contribución de la audiencia, esa cooperación entre quien muestra y quienes imaginamos es uno de los objetivos más elevados del arte: producir ese impacto emocional en el que sobran los subtítulos.

Y pienso que aquí hay una lección algo incómoda para nuestra profesión. Vivimos rodeados de palabras: eslóganes, pies de foto, briefings, manifiestos de marca, copies, claims, encabezados, textos legales, posts, presentaciones que explican la presentación… el mimo llega y nos pone delante un espejo poco halagador.

Si nuestro mensaje depende de que alguien lea el párrafo tres, quizá el mensaje todavía es débil o confuso. Si una identidad visual no sostiene la emoción cuando se le quita el texto, no es identidad sino etiqueta. El silencio bien trabajado no es vacío, más bien es espacio.

Y espacio y silencio se parecen. A pesar de que ambos se confunden con el vacío, sin ellos no hay emoción que se sostenga. El mimo lo demuestra en el escenario; el diseñador, en la página.

Por eso ofrezco este homenaje a los mimos. Ellos son sabios, son artistas y son comunicadores de primer orden. Dominan el ritmo, la pausa, la escala, el contraste, la economía de medios. Saben que un gesto (como una imagen) vale más que mil palabras. Saben que su público no es un recipiente, sino su cómplice. Y saben (y esto debería estar en todos los pénsums de diseño) que la emoción no es algo que se proclama, sino que se crea y también se provoca.

Marceau lo resumió en una frase que cualquier taller debería tener cerca de la mesa de trabajo:


El silencio es infinito como el movimiento, no tiene límites. Para mí, los límites los pone la palabra. M. Marceau


Traducido a nuestro oficio: cada elemento de más es un límite que nos autoimponemos. Cada explicación no solicitada es poner en duda la inteligencia de nuestro observador. Comunicar bien no es decir más. Es dejar de tapar con palabras lo que ya está al alcance de los sentidos.

Si trabajas con diseñadores, este Día del Mimo puede ser algo más que una efeméride simpática. Atrévete a quitarle el texto a la portada que te han presentado. A apagar el audio de tu video. A observar el packaging sin leer la promesa. ¿Queda algo? ¿Queda una sensación, una emoción reconocible? Si la respuesta es sí, la pieza comunica. Si es no, el mimo ya te hizo el diagnóstico… sin abrir la boca.

Hoy, entonces, un aplauso largo para quienes convierten el silencio en oficio.

Y si mañana ves a alguien atrapado en una caja imaginaria, no pases de largo. Puede ser una demostración solo para ti de uno de los secretos mejor guardados: que el silencio bien situado es inseparable del mensaje.


Eso, en un escenario, es arte de mimo.
En tu proyecto o marca, es diseño. Si quieres que miremos juntos dónde le falta espacio o silencio,

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