Detalle de De zaaier (El Sembrador, 1888) de Vincent van Gogh. Imagen adaptada a partir de una reproducción disponible en Wikimedia Commons (CC BY-SA).
¿Qué tienen en común una fotografía, una pintura renacentista, el David de Miguel Ángel y un sitio web? Todos son criaturas de la luz.
La luz del sol regula las estaciones, marca el paso del tiempo, últimamente nos provee energía limpia y lo más importante: sostiene toda la vida en nuestro planeta, desde una cianobacteria microscópica hasta el General Sherman: el árbol más grande del mundo, un sequoya que mide casi 84 m y pesa unas 2,000 toneladas, lo mismo que 15 ballenas azules.
Durante milenios el hemisferio norte ha celebrado el solsticio de verano: el día más largo, la noche más corta. El día más luminoso. En nuestra era, sucede cada 21 de junio, horas más, horas menos. Pero desde mucho antes de que existieran los calendarios modernos o incluso la escritura, nuestros antepasados esperaban este momento del año con fiestas y rituales.
No es difícil entender por qué.
Pero además de sostener la vida, el Sol hace posible algo que damos usualmente por sentado: la experiencia visual misma.
Y aquí es donde el solsticio se cruza inesperadamente con el mundo del diseño.
Tendemos a pensar en el color como una propiedad de los objetos. Decimos que una hoja es verde, que el cielo es azul o que un mango puede ser rojo, naranja y verde al mismo tiempo. Sin embargo, el color no existe de manera independiente. Resulta de la interacción entre la luz y la materia. Lo que percibimos como color es, en realidad, luz reflejada.
Sin luz no hay color.
Sin color no hay imagen.
Y sin imagen, gran parte de la comunicación humana desaparecería. Suponiendo que quedáramos vivos, seríamos un planeta ciego.
Una fotografía, una pintura, una ilustración, una señal de tránsito, una presentación corporativa o un sitio web dependen de la misma cadena invisible, que fue durante miles de años:
Sol → Luz → Color → Percepción → Comunicación
Quizá por eso tantas culturas otorgaron a la luz un significado que va mucho más allá de la física. Durante milenios, el Sol no solo fue manantial de vida, sino también de conocimiento, orden y renovación. Tal vez no sea casual que tantas tradiciones hayan asociado la luz con la comprensión y la oscuridad con lo desconocido.
Hoy la tecnología ha multiplicado las fuentes de luz, pero la cadena sigue siendo exactamente la misma.
Después de todo, la luz revela.
Nos permite distinguir formas, reconocer rostros, orientarnos y comprender nuestro entorno. La oscuridad, en cambio, oculta detalles y dificulta la interpretación de lo que tenemos delante.
En cierto sentido, el trabajo del diseño y la comunicación persigue un objetivo similar. No consiste únicamente en hacer que algo se vea bien. Consiste en hacer visible una idea, aclarar un mensaje, dar forma a algo que antes era confuso o difícil de entender.
Tomamos algo tan físico como la luz y lo transformamos en algo igualmente intangible, pero de naturaleza completamente opuesta, como lo es el significado.
Por eso me gusta pensar que el solsticio es más que un evento astronómico o una curiosidad esotérica. Es una oportunidad para recordar el origen de toda experiencia visual y de buena parte de la comunicación humana.
Porque antes de las pantallas, antes de las imprentas, antes de las cámaras y del diseño, existió la luz.
Y nosotros, con el tiempo, aprendimos a convertirla en significado.

Deja una respuesta